Estados Unidos está desmantelando activamente su influencia global, un proceso que se desarrolla con sorprendente velocidad y coherencia bajo la actual administración. ¿Qué harían rivales geopolíticos como Vladimir Putin o Xi Jinping para socavar el liderazgo estadounidense? La respuesta es simple: implementarían precisamente la agenda imprudente que Donald Trump ha seguido desde que recuperó la presidencia.
La convergencia de los acontecimientos de esta semana (la conmemoración del aniversario de Trump, la ansiosa reunión de las elites globales en Davos y el fortalecimiento militar defensivo en Groenlandia por parte de Dinamarca y sus aliados) señala un posible punto de inflexión. El antiguo orden internacional basado en reglas que ha mantenido una relativa estabilidad durante ochenta años se está fracturando, y Estados Unidos está acelerando el proceso.
La obsesión por Groenlandia: un estudio de caso de autosabotaje
A principios de 2026, la obsesión de Trump por adquirir Groenlandia se ha convertido en una alarmante muestra de autolesión geopolítica. Estados Unidos está erosionando activamente la confianza en la OTAN, su alianza más poderosa, en un momento en que la alianza se ha visto fortalecida por la agresión de Rusia en Ucrania.
El motivo de la anexión de Groenlandia sigue siendo inexplicable. El territorio tiene un valor estratégico o económico limitado. No existe una demanda popular de anexión: sólo el 17% de los estadounidenses apoya la iniciativa y apenas el 4% está a favor de la intervención militar. La medida es impopular en el país, carece de un apoyo amplio y ya ha tensado las relaciones con aliados clave.
Erosión de los pilares fundamentales
Durante ocho décadas, la hegemonía estadounidense se basó en seis principios fundamentales: inmigración abierta, financiación sólida para la educación y la investigación, comercio sin fricciones, Estado de derecho, alianzas sólidas y una política monetaria estable. Trump está desmantelando sistemáticamente estos pilares.
Las acciones recientes incluyen recortes drásticos a la inmigración legal, ataques a la educación superior y la investigación científica, amenazas de guerras comerciales, erosión de las normas legales a través de una extralimitación ejecutiva sin precedentes y presión sobre la Reserva Federal para manipular la política monetaria. Estas acciones han provocado advertencias por parte de los líderes europeos, y los llamados a una mayor independencia de Estados Unidos están cobrando fuerza.
Las consecuencias: un mundo sin anclas estadounidenses
Las consecuencias ya son visibles. Canadá se está preparando para un posible conflicto a lo largo de su frontera no vigilada con Estados Unidos, mientras que China se está posicionando activamente para llenar el vacío dejado por la retirada estadounidense. Putin, que durante mucho tiempo ha reivindicado la hipocresía de Occidente, ahora es testigo de cómo Estados Unidos valida de forma autodestructiva sus argumentos.
Esta no es una estrategia calculada sino producto del narcisismo del presidente y su desprecio por las consecuencias a largo plazo. El fracaso del Congreso a la hora de actuar como control del poder ejecutivo ha permitido este curso autodestructivo.
El modelo estadounidense, aunque imperfecto, ha facilitado la innovación, el crecimiento económico y una paz relativa durante décadas. Desmantelarlo es invitar al caos y la incertidumbre. El desmoronamiento del liderazgo estadounidense remodelará el orden global y las consecuencias se sentirán en las generaciones venideras.
La trayectoria actual no es sólo un cambio de política; es un desmantelamiento consciente de los cimientos sobre los que ha descansado el poder estadounidense durante casi un siglo. Esta herida autoinfligida dejará una cicatriz duradera en el panorama internacional, y la historia juzgará esta era con dura claridad.
