Historia de Monsanto: de la sacarina a la adquisición de Bayer

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Monsanto ha desaparecido como entidad independiente, pero su huella en la agricultura y las leyes globales sigue siendo enorme. La empresa que se convirtió en un titán de los productos químicos agrícolas y las semillas genéticamente modificadas no desapareció simplemente. Fue absorbido. Bayer lo adquirió en 2018 por más de 60 mil millones de dólares. Después de que se cerró ese trato, el nombre Monsanto efectivamente dejó de existir como una marca separada. Se incorporó a la división de ciencias agrícolas de Bayer. Pero para entender qué pasó con la empresa, hay que mirar dónde empezó. Y no estaba en semillas. Fue en edulcorantes.

El comienzo de la sacarina (1901-1945)

John F. Queeny no tenía una fortuna. Era agente de compras para una empresa farmacéutica mayorista. En 1901, reunió 1.500 dólares de su propio efectivo. También pidió prestados 3.500 dólares a un fabricante local de sales de Epsom. Con ese modesto capital puso en marcha Monsanto Chemical Works. Llamó al negocio el nombre de soltera de su esposa. El objetivo era concreto: fabricar sacarina. En aquel momento, Alemania tenía casi el monopolio de los edulcorantes sintéticos. Queeny quería romper ese control.

En 1902 ya producían sacarina a gran escala. La línea de productos creció rápidamente. La cafeína se unió a la mezcla. También lo hizo la vainillina. La empresa comenzó a generar ganancias en 1905. Las ventas alcanzaron el millón de dólares en 1915, impulsadas en gran medida por un cliente importante: The Coca-Cola Company. En 1917, Monsanto empezó a fabricar aspirinas.

La empresa se expandió durante la Primera Guerra Mundial. Prosperó bajo los altos aranceles estadounidenses de la década de 1920. Queeny entregó el control a su hijo, Edgar M. Queeny, en 1928. La empresa se constituyó como Monsanto Chemical Company en 1933. Su papel en la Segunda Guerra Mundial fue fundamental. Monsanto produjo estireno. Ese químico es un componente clave del caucho sintético. Sin él, el esfuerzo bélico de Estados Unidos habría tenido problemas.

Expansión industrial (1946-2000)

Edgar Queeny transformó la empresa en un gigante industrial antes de jubilarse en 1960. El negocio se había diversificado demasiado para mantener la etiqueta “Química”. En 1964 lo abandonaron. La empresa ahora era simplemente Monsanto Company.

En 1985 se produjo un cambio masivo. Monsanto compró G.D. Searle & Co. Esa empresa farmacéutica fabricó NutraSweet. Parecía una opción natural para un conglomerado químico. Pero no fue así. El negocio de los ingredientes alimentarios finalmente se convirtió en un lastre. En 2000, Monsanto vendió sus negocios de edulcorantes, incluido NutraSweet. Salieron por completo del mercado de ingredientes alimentarios.

El giro fue hacia la biotecnología. En la década de 1990, Monsanto compró Calgene Inc. y DEKALB Genetics. Estas adquisiciones consolidaron su liderazgo en semillas de cultivos genéticamente modificadas. También ingresaron al mercado ganadero. En 1994 iniciaron la producción comercial de somatotropina bovina (BST). Es una hormona del crecimiento que aumenta la producción de leche en las vacas lecheras.

El enfoque y la reacción de la biotecnología (2000-2016)

Monsanto se fusionó con Pharmacia & Upjohn en marzo de 2000. Pero esa fusión no duró mucho. En agosto de 2002, Pharmacia escindió los segmentos no farmacéuticos de Monsanto. Monsanto volvió a ser una empresa que cotiza en bolsa. Su enfoque era claro: agricultura y biotecnología. Adquirieron empresas de semillas y fabricantes de software para profundizar su foso.

La opinión pública se volvió contra ellos. Los críticos se opusieron a su impulso a favor de los organismos genéticamente modificados (OGM). También había una creciente preocupación por sus productos químicos. En la década de 2010, las demandas comenzaron a fluir. Los demandantes afirmaron que Roundup, el herbicida insignia de la empresa, contenía glifosato. Argumentaron que el glifosato causaba cáncer. La presión legal aumentó.

El acuerdo de Bayer y el atolladero legal (2016-presente)

Bayer, un gigante químico y farmacéutico alemán, vio una oportunidad en 2016. Acordaron comprar Monsanto por más de 60 mil millones de dólares. El trato se cerró en 2018. El momento fue terrible. Poco después de finalizar la adquisición, un jurado declaró a Monsanto responsable en una demanda por Roundup. La perspectiva de enormes responsabilidades legales afectó duramente el valor de mercado de Bayer.

El litigio no se detuvo. Aceleró. En la década de 2020, Bayer se enfrentaba a decenas de miles de demandas. Los demandantes alegaron que la exposición al glifosato provocó un linfoma no Hodgkin. En 2020, Bayer acordó pagar más de 10 mil millones de dólares para resolver miles de estas reclamaciones. Fue un intento costoso de poner freno a la hemorragia.

Pero un caso siguió adelante. En 2025, un jurado estadounidense otorgó 2.100 millones de dólares en daños y perjuicios en un solo caso. Ese veredicto puso de relieve lo frágil que era el acuerdo. Para los casos restantes, Bayer tuvo una estrategia diferente. Argumentaron que la ley federal sobre pesticidas prevalece sobre las demandas estatales. Su punto era simple: la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) no exige advertencias sobre el cáncer en las etiquetas de los pesticidas. Por lo tanto, las afirmaciones a nivel estatal sobre la falta de advertencia no eran válidas.

La Corte Suprema estuvo de acuerdo. En 2026, fallaron 7-2 a favor de Bayer. Se esperaba que la decisión bloqueara miles de casos pendientes. No cerró el libro por completo. Las demandas por diseño de productos seguían sobre la mesa. La empresa ganó la guerra contra el etiquetado, pero la primera línea de responsabilidad acababa de cambiar.